Memoria y concentración

requieren un correcto diagnóstico.

La mayoría de las personas que notan que están perdiendo memoria no padecen ni van a padecer una demencia o una enfermedad de Alzheimer, y con frecuencia lo que padecen es un trastorno de ansiedad prolongado o una depresión.

En las demencias, la pérdida de la memoria suele ser detectada por los familiares y el paciente a menudo no aparece preocupado por dicha pérdida. La memoria más afectada es la de los sucesos recientes (de los días anteriores), mientras que pueden conservarse nítidamente los recuerdos de épocas pasadas.

Las demencias pueden ser degenerativas (como la enfermedad de Alzheimer o la demencia por Cuerpos de Lewy) o pueden ser de causa vascular (por alteraciones en el riego sanguíneo cerebral). En ambos casos la evolución es hacia el empeoramiento si no se consigue frenar su curso. En otras ocasiones, las demencias pueden deberse a déficits nutricionales, vitamínicos u hormonales, en cuyo caso tienen mejor pronóstico puesto que son reversibles.

En la depresión y en la ansiedad crónica, la persona tiene una sensación subjetiva y angustiosa de que no puede recordar las cosas que antes era capaz de memorizar. Se siente limitado por ello y nota además que le cuesta mucho trabajo concentrarse en tareas de lectura o en las conversaciones de la televisión. La persona en estos casos se siente muy preocupada por las repercusiones que la pérdida de memoria y de concentración pueden tener en su vida.

El tratamiento de la pérdida de memoria y de todas las dificultades intelectuales que suelen asociarse debe ser en primer lugar el tratamiento de la causa. En las demencias deben utilizarse fármacos que detienen el deterioro de las neuronas (actualmente se utilizan medicamentos que potencian la acetilcolina o que inhiben el ácido glutámico). En la depresión y en la ansiedad, deben tratarse las mismas con los fármacos y las terapias adecuadas.